Pascual García
He decidido escribir estas líneas tras la acumulación de acontecimientos que reflejan una realidad cada vez más insoportable para quienes trabajamos por cuenta propia.
España vive hoy una auténtica “limpieza” de autónomos. Día tras día somos bombardeados con amenazas, sanciones y trabas que dificultan nuestra labor, simplemente por tener la valentía de depender de nuestro propio esfuerzo. Hace años que el Estado abrió la veda de caza contra quienes decidimos crear nuestro propio futuro, enfocándonos en trabajo, en sacrificio y en responsabilidad.
Estoy convencido de que, sin los autónomos, pocas nóminas y pagas podrían mantenerse para esa interminable lista de colocados que ocupan cargos sin mérito, sin preparación y sin conciencia del país real que pretenden dirigir.
Creo firmemente que ha llegado el momento de una revolución de autónomos, porque estamos acorralados por un sistema corrupto que desprecia a la clase trabajadora, a la pequeña empresa y al emprendedor que sostiene la economía de este país.
El Estado es, sin duda, el principal responsable de este genocidio laboral y empresarial, pero no está solo. A su alrededor orbitan mutuas, aseguradoras, bancos y otras macroentidades dirigidas por gestores ineficaces, más interesados en mantener sus privilegios que en ofrecer un servicio justo y humano. Todos ellos se benefician de un sistema que nos exprime como si fuéramos animales heridos y vulnerables.
Soy uno de esos millones de autónomos hartos, que dirige una pequeña imprenta en la provincia de Albacete, donde, además de atender clientes, diseño, imprimo, corto, encuaderno y manejo pesados paquetes de papel y materiales.
Hace tres semanas, mientras trabajaba, sufrí una lesión en la muñeca al mover grandes cargas. Tras dos días de dolor creciente, acudí al centro médico de mi localidad por parte de mi Mutua de Accidentes de Trabajo y Enfermedad Profesional (por cierto el primer accidente laboral que he sufrido desde 2007), en horario laboral y declarando el accidente como laboral. Fui atendido con rapidez: me hicieron una radiografía y, al no encontrar daño óseo, el médico me derivó a mi Mutua de Albacete “ASEPEYO”para solicitar una RESONANCIA que determinara si había afectación en tendones.
Tres semanas después, sin haber recibido ninguna cita, contacté con el centro médico y recibí una resolución sorprendente:
INFORME MÉDICO DE DERIVACIÓN A SPS. ASEPEYO
“Según nuestros criterios, la patología que refiere no puede ser considerada accidente de trabajo ni enfermedad profesional…, y que no hay ausencia de mecanismo traumático externo de suficiente entidad…”
Fdo. Rocio de la Caridad Abraham Cabada.
Tras lograr hablar telefónicamente con el señor Director de Asepeyo Albacete Don José Javier Castillo Díaz he podido llegar a la conclusión de que para ellos mi lesión no fue causada por el trabajo realizado, a pesar de haberse producido en mi jornada laboral y manipulando material pesado y todo ello sin mirarme a la cara y ni a la muñeca. Eso sí, se quedó agusto cuando me dijo que tampoco pagamos tanto los autónomos como pensamos a su Mutua.
Una conclusión insultante que demuestra la desprotección total del autónomo frente al sistema. Todo ello sin tener ni la oportunidad de hacer una valoración presencial en dicha mutua ASEPEYO.
En los próximos días y en agradecimiento, le llegará al Sr. Director de Asepeyo, unas resmas de papel totalmente gratis a su despacho de Albacete para que pueda hacer avioncitos de papel y así podrá comprobar que el papel en esos kilos también puede ocasionar accidentes.
Ser autónomo en estos tiempos es una profesión de alto riesgo. Nos enfrentamos solos a la carga de impuestos, burocracia, falta de derechos y desamparo institucional.
Por todo ello, creo sinceramente que los autónomos, por estar inmersos en una profesión de alto riesgo para sobrevivir, deberíamos tener derecho a jubilarnos a los 59 años, como reconocimiento mínimo a una vida laboral en la que lo hemos dado todo —sin red de seguridad y con una administración que, lejos de apoyarnos, nos castiga.