Francisco José Peña Rodríguez
Este año se cumple el cuarenta aniversario del fallecimiento de Enrique Tierno Galván siendo alcalde de Madrid. Se trató, indudablemente, de un político singular, muy popular en su tiempo, gratamente recordado por gran parte de los madrileños y, en cierto modo, también un ejemplo de dirigente preocupado por la ciudadanía y por sus problemas diarios. Tierno fue un dirigente municipal siempre a pie de calle.
Antes de acceder a la Alcaldía de Madrid en 1979, Tierno Galván había sido catedrático de derecho político en las universidades de Murcia y de Salamanca, pero la dictadura, contra la que luchó decididamente, lo expulsó junto a Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren. El profesor pasó entonces un tiempo en el exilio, impartiendo docencia en la prestigiosa Universidad de Princeton, en Estados Unidos. Al regresar fundó el Partido Socialista del Interior, germen del Partido Socialista Popular (PSP) con el que concurrió a las elecciones del 15 de junio 1977, cosechando un rotundo fracaso con el 4,4% y 6 diputados. El PSP dio un mitin en Hellín el 30 de mayo de 1977 en el que también participaron José Bono y Fructuoso Díaz Carrillo. El mal resultado nacional lo fue también en las mesas electorales hellineras, pero los acompañantes de Tierno Galván pasaron después al PSOE, desarrollando notables trayectorias políticas.
Tierno Galván fue sobre todo un intelectual antifranquista, empeñado en la unión de acción de todas las fuerzas democráticas y, además, firme defensor de la unidad de todos los partidos socialistas españoles. Una parte de sus tesis fueron recogidas por la Platajunta en 1976 y, cuando parecía condenado al olvido tras largos años de lucha democrática que le supusieron sanciones económicas y su paso por la cárcel de Carabanchel, accedió a la Alcaldía de Madrid.
Cuando Madrid no era la capital o la comunidad autónoma que es hoy hubo algunos hombres del ámbito político que creyeron en ella, entre otros Enrique Tierno Galván o sus colaboradores Joaquín Leguina y Juan Barranco. Hablamos de la época en que Madrid acabó como comunidad uniprovincial por el rechazo de otros territorios o que el presidente Ronald Reagan no quiso visitar oficialmente porque tenía un “alcalde marxista”. Por si fuera poco, el franquismo había olvidado una capital con un crecimiento caótico que, en 1979, aún tenía 25.000 chabolas o infraviviendas, e incluso las líneas de autobuses y metros combinaban trayectos públicos con líneas privadas. Suena, efectivamente, a una situación parecida a la narrada en la película “El 47”, pero Tierno Galván se implicó abiertamente “desde arriba” en mejorar los barrios obreros.
La “leyenda negra” contra Tierno Galván, gestada por algunos periodistas de la época, lo ha querido presentar como un alcalde frívolo por su apoyo a La Movida, o por haber reintroducido en el río Manzanares los patos que conforman la fauna autóctona del río. Sin embargo, a su favor se cuentan cientos de realizaciones como Mercamadrid, la ampliación del metro, la apertura de nuevas estaciones de suburbano, varios planes de limpieza y saneamiento, la apertura de bibliotecas y centros culturales, la puesta en marcha de centros de salud y servicios sociales, la dignificación de los barrios, el saneamiento económico de las arcas municipales que habían desestructurado los regidores franquistas, la modernización de la policía local y los bomberos, la puesta en marcha de IFEMA, la construcción de miles de viviendas (asunto actualmente en debate y que se solucionaría mirando a los años ochenta, cuando se construyeron 30.000 solo en Madrid), la inauguración de centros de mayores, la eliminación de los escalextric de Atocha y Cuatro Caminos, la recuperación del Centro Cultural Conde Duque para actividades culturales, museísticas y archivísticas, el Plan General de Ordenación Urbana que necesitaba la capital, etc.
Como hombre de Estado, Tierno Galván, que era esencialmente marxista, se entendió con monárquicos, democristianos, socialdemócratas y comunistas y acabó integrado en el PSOE, de donde lo habían echado en 1965. Negoció con Adolfo Suárez beneficios económicos y de transportes para Madrid, mejoras que obtuvo también de la colaboración con Felipe González. Puso a Madrid en el punto que le correspondía como capital de un Estado europeo y, cuando la enfermedad le hizo mella, acertó indudablemente al escoger a Juan Barranco como sucesor. Entre ambos, como un tándem bien engrasado, llevaron a Madrid a la modernidad que le correspondía tras su democratización.
Cuando se cumplen cuarenta años de su desaparición, se puede mirar su ejemplo para construir, especialmente dialogando. Desgraciadamente, la polarización nefasta y estéril de la vida política actual ha llegado hasta el extremo de que, durante la propuesta de un merecido homenaje al viejo profesor, dos grupos del Ayuntamiento de Madrid han votado en contra de ponerle una estatua en la capital que él engrandeció. Defender esa postura manifestando que “si quieren hacerle un homenaje, el mejor es expulsar a Pedro Sánchez de la Moncloa” es, sencillamente, un menosprecio a Tierno Galván, un insulto a la historia de España y una falta de respeto a Madrid. Y así nos va.