Un artículo de Francisco Peña
Francisco José Peña Rodríguez
El gran logro de nuestro país en los últimos cincuenta años ha sido, sin duda, la conquista de la democracia, algo que costó muchas vidas, muchas luchas y mucho tiempo; pero como bien dijo Enrique Tierno Galván: “o los demócratas defendemos la democracia y hacemos valer nuestros derechos o lo perderemos todo”.
Esto viene al caso de la adhesión, más o menos indisimulada, que profesan algunos adolescentes y jóvenes ─entre los 16 y los 25 años─ a ciertas ideologías extremistas y excluyentes, incluso al anterior jefe del Estado. Esa actitud ante la vida es al mismo tiempo incomprensible y un fracaso de las generaciones anteriores.
Como muestra, algo acontecido hace unos días: una persona que no me supo explicar una frase de Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez, se definió sin ambages como “franquista”. En el fragmento en cuestión, don Luis le dice a su hijo, horas antes de ser internado en un campo de concentración: “pero no ha llegado la paz, Luisito: ha llegado la victoria”. Por otro lado, me paré a ver en Instagram el vídeo de una jovencísima historiadora explicando los términos “cruzada” y “guerra civil”, aludiendo a lo acontecido en España entre 1936 y 1939. Considero que su interpretación es impecable, aunque cualquier persona documentada pueda aportarle matices. Al terminar, consulté los comentarios al vídeo y sentí vergüenza ajena: polarización, insulto, descalificación personal entre gente que no se conoce, vivas incomprensibles, etc. Todo ello entre jóvenes de veintitantos años. Por cierto, gente que no ha visto en clase ni habrá leído sobre la Guerra Civil o la Transición; ciudadanos que desconocen quiénes fueron Primo de Rivera, Gil Robles, Azaña, Fraga, Carrillo o Adolfo Suárez, como han sacado a la luz algunos estudios. La cuestión es repetir hasta la saciedad lo que reciben a través de los bots que generan directa o indirectamente agentes polarizadores, cuyos intereses políticos y económicos para nada coinciden con los de nuestra juventud.
Por si fuera poco, la polarización de la vida política, así como la escasa formación o documentación de algunos políticos a la hora de hablar del pasado, coadyuvan a que la sociedad enfoque lo que fuimos con visceralidad, desde las entrañas, sin el necesario relajo y estudio en profundidad que cualquier tema requiere. Incluso un grupo político ha salido con la propuesta de rebaja de la edad del derecho al voto a los 16 años, obviamente sin conocer el panorama.
Considero que en cincuenta años de democracia hemos dejado de hacer algunos deberes: explicar bien lo que es vivir en democracia ─incluyendo lo que no es bonito─; llevar al sistema educativo la defensa de los valores de libertad y justicia y la explicación del pasado, eso que denominamos memoria histórica; aportar soluciones a los problemas de los jóvenes; y, finalmente, admitir que la libertad de expresión termina allí donde comienza el delito, bien sea cara a cara o en internet.
Con todo, no hay que ser pesimistas, pero sí autocríticos: ¿Qué hemos hecho mal para que jóvenes cuyos padres han nacido en democracia añoren tiempos grises que en caso de volver les perjudicarían sobremanera? Si somos capaces de dar respuesta fiel a esta pregunta y rectificar habremos ganado el futuro.